EL VESTUARIO COMO IDENTIDAD, DEL GESTO PERSONAL AL COLECTIVO

Claudia Fernández Silva – proyectomedussa.worpress.com

Conferencia dictada en la 8va Jornada Académica de Diseño Industrial “las personas y los diseñadores una buena sociedad” en Abril 28 de 2010. Universidad Pontificia Bolivariana.

Cuando al vestuario se le relaciona con el fenómeno moda entra en los turbios terrenos de la condena social, como bien sabemos a la moda se la sataniza y se le culpa de muchos vicios humanos ligados a su sed de cambio, ya que su leitmotiv es la novedad siempre ha de generar obsolescencia y como consecuencia insatisfacción para los sujetos y desechos para el planeta cuando la producción material del hombre no entra más en sus fugaces categorías estéticas.

Pero recordemos que el objeto vestimentario es solo la punta más visible del ritmo frenético de la moda, todos los objetos de Diseño al igual que las expresiones artísticas y los comportamientos, en últimas todas las dinámicas sociales están permeadas por ella, dado que su estrategia radica en crear un sistema de valores y distribuirlos a gran escala. En occidente y cada vez más fuera de él, la moda estructura la mayor parte de nuestra experiencia con los objetos, las personas y el mundo.

Existen sin embargo otros discursos que la reivindican como dinamizador de la vida social, aludiendo a su particular tendencia de volver lo sensible en significante como diría Barthes, lo cual la convierte en un complejo mecanismo comunicativo, mecanismo seductor y pasional. Pero estos enunciados son más erudiciones de algunos autores que una verdadera percepción de los hombres comunes en las sociedades, que aun la relacionan con la banalidad, la feminidad y la superficie.

Por tanto al analizar el papel de la moda en la sociedad o mejor, en una buena sociedad emerge un sentimiento de contradicción, si los objetos cualquiera sea su materialidad, son creados con el fin de hacer más amable nuestra relación con el mundo y los otros hombres o si el diseño, como afirmaba Richard Buchanan en el noveno Festival Internacional de la Imagen, debe ser un profesional humilde al servicio de la gente, nos preguntamos si esas bondades pueden también ligarse a la moda. La respuesta sin embargo está en la misma definición de los diseños y sus objetos de estudio, si el diseño industrial, visual o gráfico y la arquitectura estructuran sus miradas del mundo desde los objetos, las imágenes y los espacios, ¿cuál es el objeto al que se refiere la moda? ¿Cómo diseñar la moda para una mejor sociedad? ¿La moda se puede diseñar? ¿Los fenómenos sociales se pueden diseñar? Diríamos que no, los podemos leer y ofrecer respuestas de Diseño, lo cual es diferente. La moda se materializa en la vida cotidiana permitiéndonos examinar prácticas y estrategias desde el nivel de la experiencia individual y colectiva de las personas, de allí que exista un programa académico llamado Diseño de Vestuario. ¿Podemos hacer a través del vestuario una sociedad mejor? De seguro que si, el objeto más intimo con el que nos relacionamos nos determina de hecho como seres sociales. El mundo social es un mundo de cuerpos vestidos.

En esta ponencia indagaremos acerca del acto de vestirse como manifestación de nuestra naturaleza más intima, al mismo tiempo que declaración de comunión con otros, estudiaremos la ropa como agente que conforma y define nuestras identidades, revelando aspectos de nuestra historia personal y herencia cultural, mediada por una serie de imaginarios colectivos, la mayoría de ellos de orden mediático.

El acto de vestir en la sociedad

Cuando indagamos sobre la aparición del acto de vestir en la historia de la humanidad nos resulta común imaginar a los antepasados primitivos domando a las fieras, comiendo su carne y usando su piel para protegerse de un clima extremo y entorno adverso. Sin embargo, esta es tan solo una más de las variadas teorías sugeridas acerca de los orígenes del vestir, siendo incluso rebatida con la puesta en evidencia de comunidades humanas que habitan regiones con condiciones climáticas extremas y no hacen uso de prendas de vestir como protección o dicho de otra manera, la función de la ostentación, la distinción de clase, el oficio, la pertenencia y la exclusión entre otras, constituyen las múltiples razones de ser del vestido y en términos semióticos lo sitúan como signo, cuyo significante está ligado a infinitos significados determinados por el contexto y la cultura donde aparecen en escena.

Al vestirnos, preparamos nuestro cuerpo para el mundo social; por medio de la ropa que elegimos y su combinación creamos discursos sobre el cuerpo: aceptable, respetable, deseable, violento o abyecto. Nuestro modo de vestir denota indefectiblemente una toma de posición, tanto en un sentido de inclusión (a un grupo, una identificación con un género musical), de exclusión o diferenciación frente a un referente establecido (familia, compañeros de estudio, otros jóvenes del barrio). De esta manera, como artefactos culturales, el vestuario y los diferentes elementos de decorado corporal se convierten en vehículos de expresión, símbolos de identidad y declaraciones de una preferencia estética, nuestros cuerpos vestidos hablan y revelan una cantidad de información sin mediación de las palabras.

La imagen y la identidad

Caminar por la calle, recorrer lugares ajenos a la intimidad de la casa, trasladarse de un espacio a otro nos coloca frente a un devenir de incontables imágenes del mundo y de los otros. A diferencia de los entornos rurales o las localidades de poblaciones pequeñas, la ciudad es el escenario por dónde desfilan infinidad de rostros, de individuos extraños, itinerantes, pasajeros; no sabemos sus nombres ni su historia personal, ni su proveniencia y mucho menos sus intensiones, sin embargo pueden encantar, intimidar o hacernos cambiar de acera; muchos de ellos nos darán una historia para contar, historias de maravilla o de terror, sus cuerpos han hablado por ellos sin que les hayamos si quiera conocido su voz.

Si la vestimenta o el estilo corporal definen en realidad quien somos no es algo en lo que podamos apostar, los rasgos de la personalidad inscritos en nuestras decisiones vestimentarias se presentan como certezas para nosotros y ambigüedades para los otros, lo contradictorio de esta disparidad de teorías es que en general la mayoría piensa que la apariencia es una construcción y que por tanto no podemos fiarnos de ella, pero aun así continuamos leyendo a los demás por su aspecto exterior y con ello por su manera de vestir. Si intentáramos hacer un rastreo de esta situación encontraríamos que no siempre fue así y que  la forma en que creemos hallar la verdad íntima del otro a través de la interpretación de sus maneras más externas, es una condición heredada de un tiempo precedente como muchos de los valores que rigen la actualidad de cualquier sociedad.

Desde su misma etimología la palabra persona proviene del término latín personare que referido desde el teatro griego significa “aquello a través de lo cual llega el sonido”; es decir, la máscara de un actor. Esta es la raíz de “personalidad“, categoría que utilizamos para hacer público lo que define nuestra subjetividad, para interpretar nuestro rol social; dado que las identidades no surgen desde la individualidad o el aislamiento sino desde la interacción con el otro, de las experiencias colectivas, del contacto directo con otros cuerpos, sumado al contexto, los valores de época y la herencia histórica y cultural, de allí que el papel del vestido en la construcción de la identidad sea tan decisivo como metáfora visual de la personalidad.

A lo largo del tiempo han surgido diferentes narrativas que vinculan la imagen con la identidad, pero como hablábamos anteriormente, no siempre fue así: para los hombres y mujeres del siglo XVIII, los trajes, las pelucas y el maquillaje no estaban destinados a expresar un Yo íntimo, solo asistían al simple goce de la imagen por la imagen, la idea de un sujeto divido en un afuera y un adentro no era siquiera contemplada. Sería el siglo XIX, con el advenimiento del romanticismo, quien sentaría la base de nuestra actual visión del mundo frente a la lectura del otro, un ser interior que se revela en el aspecto exterior, una verdad interna que debe ser develada mediante la observación e interpretación de los rasgos de la cara, las posturas y las vestiduras. Discursos científicos como la frenología exacerbaron esta convicción, ya que su fin último era establecer una relación entre los rasgos de la cara y el cráneo con la personalidad, el desarrollo intelectual y la criminalidad, arrojando como consecuencia crudos estereotipos. Sin embargo, esta idea de un interior oculto, constituiría también una de las razones por la cuales la psicología y el psicoanálisis vieron su origen.

Como consecuencia del crecimiento de la urbe y el abandono de las maneras rurales que ponían al hombre cara a cara con un número ilimitado de personas, los individuos de la metrópoli deben convivir diariamente con el desconocido, con hordas de extraños que se cruzan en su camino y con los cuales debe relacionarse por segundos o minutos; la única certeza de sus intensiones es aquella que ofrece su quinesis y su vestir. Una serie de códigos culturalmente establecidos unidos a un imaginario social, serán los encargados de brindar esa conciencia anticipadora que nos permite enfrentar el presente.

Sin embargo estos códigos vestimentarios pueden también leerse como coercitivos en la medida que reglamentan las conductas sociales, ya que determinan el cuándo y el cómo en el uso de las prendas y dispositivos de transformación corporal en un contexto determinado. Los cuerpos que no se conforman, los que saltan las convenciones de su cultura y no llevan las prendas “apropiadas” serán considerados subversivos al interior de su espacio social, su decisión de no seguir las normas puede ser interpretada como rebelión y corren el riesgo de res excluidos, amonestados o ridiculizados como ha sido el caso, por ejemplo, de las manifestaciones estético vestimentarias de las contraculturas juveniles.

Como consecuencia, el Yo moderno está extremadamente interesado en la impresión que de él tengan los demás, usando su apariencia como una suerte de propaganda de sí mismo, una tarjeta de presentación que pone en evidencia no solo una distinción de clase u oficio, sino nuestras más profundas aspiraciones. Los estudios de mercadeo apuntan a una clasificación de las personas a partir de diferentes niveles fácilmente discernibles e identificables, como son los estilos de vida, donde rituales y hábitos cotidianos se convierten en filosofía personal y facilitan agrupaciones a partir de similitudes y diferencias asociadas a descripciones verbales.

Como ejemplo puntual de estas lecturas deterministas está el trabajo que se realizó por varios años por el Future Concept Lab y en particular el realizado por Inexmoda Instituto para Exportación y la Moda en la ciudad de Medellín. Una sección del proyecto llamada Signals Activity, consistía en un monitoreo fotográfico continuo en cuarenta capitales de consumo con el fin de revisar los patrones de consumo, estilos vestimentarios y preferencias de grupos específicos de la población. Este monitoreo fotográfico por algunas ciudades de Colombia fue realizado bajo el reconocido término street vision, y consistía en hacer una búsqueda  de personas que encajaran en unas caracterizaciones preestablecidas, tomarles una fotografía y devolver esta información a Europa para ser procesada y publicada bajo la forma de un informe de tendencias. Lo particular de este registro, eran precisamente aquellas caracterizaciones importadas, en donde cualquier manifestación propia del lugar que no se relacionara con ellas quedaba excluida. Denominaciones como Zapping “oscilación” urbana, de mente consiente, macho flexible, correspondían según la “investigación” a los estilos de vida y actitudes mentales de los personajes seleccionados para representar la categoría; cualquier de nosotros podría aparecer entonces tras haber sido fotografiado de manera casual en la calle, reseñado con una serie de características referentes al gusto musical,  lugares predilectos para relacionarse y todo una actitud ante la vida leída solo a través de nuestra vestimenta un día cualquiera en un lugar cualquiera.

Identidades expandidas e indeterminadas

En contraposición a este síntoma de clasificación, estereotipo y definición de límites radicales,  encontramos el concepto de supermercado del estilo promovido por Ted Polhemus, antropólogo, investigador y asesor, experto en culturas emergentes, para él, el momento contemporáneo, caracterizado por la confusión, la diversidad y el eclecticismo promueve la posibilidad de surfear entre la geografía y la historia para hallar nuevas realidades en la mezcla de ambas, mestizaje y reciclaje abren un abanico de posibilidades difíciles de acotar en categorías. En el supermercado del estilo, afirma Polhemus, toda la historia de los estilos callejeros, desde los zooties a los Beatniks, de los Hippies a los Punks, están alineados en multiplicidad de opciones como si fueran latas de sopa en los estantes de un supermercado. En este punto, lo ideológico queda relegado a un segundo plano frente a la oferta estética, facilitando así la elección y recombinación, una promiscuidad estilística sin profundos cuestionamientos.

Las identidades grupales ampliamente difundidas en la segunda mitad del siglo XX y comúnmente asociadas a géneros musicales, fanatismos literarios o cinematográficos, prácticas sexuales, nostalgias del pasado y fantasías del futuro, posturas reflexivas, inconformistas o satíricas frente al presente casi siempre de carácter marginal, frente a la cultura dominante, se conjugan hoy en día en un nuevo lenguaje. Los escurridizos términos que les define como contracultura, subcultura o tribu urbana (para no adherirnos con ningún término, ya que todos tienen sus validaciones y sus imprecisiones) se reducen a simples adjetivos, donde el cabello, las prendas, los accesorios y el maquillaje pueden aludir a identidades tan disímiles como el punk, el hipismo y el pop más comercial dentro la gramática vestimentaria de un solo individuo, mezclados y sampleados para generar otras melodías y por supuesto otros significados. En el que podríamos llamar el proyecto del cuerpo de los siglos XX y XXI, donde éste es tomado como materia de transformación por otras vías muy diferentes a las establecidas en el pasado, nuestra forma de vestir se convierte en pieza clave de dicha transformación.

Yendo un paso más allá en la idea de vestido como envoltura social del cuerpo, el cuerpo actual y en especial el cuerpo joven atraviesa una situación histórica particular y, aunque en años anteriores la cultura juvenil elaborara un constante remapeo de las posibilidades expresivas del cuerpo, de los años veinte hasta cada manifestación subcultural engendrada en las calles desde los años cincuenta, el momento corporal actual se caracteriza precisamente por no tener espacio para su corporeidad condenado a expandirse solo dentro de los límites de su propia carne.

Para explorar esta idea de expansión recurramos a Julián González y su texto el cuerpo joven no flota hace surfing. En él, González nos conduce a pensar en cómo la guerra, las crisis económicas o la violencia urbana, los accidentes de tránsito o la amenaza del SIDA, nos devuelven al cuerpo, nos recuerdan la vulnerabilidad del cuerpo, (González, año desconocido: 32), y como empujados por la conciencia cotidiana de dicha vulnerabilidad que liga con la posibilidad objetiva de la muerte violenta (por enfermedad o guerra), algunos jóvenes urbanos invaden los nichos que en la ciudad les permiten construir un repertorio amplio de experiencias de comunicación corporal (González: 32). su reflexión apunta a como en el espacio actual, espacio disuelto por la velocidad del desplazamiento, el cuerpo ha cesado de expresarse a través del esfuerzo físico sobre el espacio, este cuerpo vital no trabaja más el espacio sino que lo elude utilizando la máquina. “Ante la desaparición del cuerpo esforzado que experimentaba el mundo con su trabajo físico no queda otra alternativa que simular la experiencia de in-corporarase” para él el sentido por el cual logramos dicha incorporación es el tacto; la piel recrea la ilusión del espacio vivido por medio de todo tipo de intervenciones y sensaciones a las cuales la sometemos a diario, la piel recrea el esfuerzo, el dolor y la velocidad que perdimos tras la urbanización de nuestro espacio animal, la ropa, las telas, el viento que rodea al cuerpo, el sudor en el gimnasio, el sol del bronceado, el tatuaje permiten vivir la ilusión del cuerpo integrando el espacio.

Al igual que en el surfing, los cuerpos de estos jóvenes urbanos recrean una experiencia de vértigo, riesgo de muerte, exhibición personal y juego en que se resiste, se aprovecha y se vence las olas del fluir urbano.

En la contemporaneidad, los cuerpos urbanos, en especial los jóvenes son cuerpos hipersensibilizados que reflejan lo sobreexitación actual a la que son abatidos los sentidos. En distintos momentos, en diferentes ciudades, manifestaciones juveniles extraordinarias se han tomado las calles. Como ejemplo singular de estos cuerpos desbordados, los jóvenes japoneses de la calle Harajuku en Tokio roban las miradas estupefactas del mundo en lo que pareciera ser un teatrino de las incontables posibilidades estilísticas que unos cuerpos con las mismas características fenotípicas pueden llegar a desplegar. En ellos la idea de surfear por la geografía y la historia de la que habla Polhemus se hace evidente además de la imposibilidad de precisar un concepto claro de identidad, ya no vista más como esencia sino como experiencia: ¿identidad cultural, identidad étnica, identidad local, identidad de género? Y más aún ¿qué será entonces lo otro, lo diferente, lo extraño? En su artículo Contra identidad, Jorge Melo explica como el proceso de vínculo con el mundo externo no es nuevo, lo local está hecho de elementos universales y es allí donde las ideas de lo supuestamente autóctono se desdibujan.

Pero no solo los cuerpos jóvenes experimentan la indeterminación identitaria, en ellos el simple hecho de merodear por varias identidades se hace más evidente al existir una permisividad selectiva de la sociedad para que este merodear se lleve a cabo sin la desaprobación moral. En países como el nuestro marcados por siglos de migración y mestizaje hablar de identidad nacional en las prendas que usamos, apela más al hecho de en las sociedades modernas el turismo encuentra atractivo lo diferente, lo otro, lo exótico, lo extraño, lo típico, lo mágico, reduciendo lo que consideramos rasgos puramente nacionales a lo indígena y artesanal, a los mitos del folclore regional y en nuestro caso particular, el dudoso imaginario de la raza antioqueña. Es evidente que nadie se viste con el traje típico de nuestra región y en realidad nunca se ha hecho, por tanto, como afirma Melo, existe una incapacidad para definir identidades que no sean basadas en las diferencia.

En conclusión, si el objeto vestimentario en si espacial naturaleza íntima, tiene la capacidad de definirnos frente a lo colectivo, de reinterpretarnos frente a la mirada del otro, una comprensión sabia de sus incontables formas expresivas nos puede direccionar hacia esa mejor sociedad a la que apunta nuestra disciplina. Por lo menos desde la academia, una formación en la diferencia podría ser un aspecto clave para superar el prejuicio y la distancia que tantas veces nos impide aproximarnos a esa sociedad heterogenea para la cual trabajamos.

Baudrillard, Jean (1980). El intercambio simbólico y la muerte. Caracas: Monte Ávila editores.

Escudero Chauvel, Lucrecia (2001). presentación EN: deSignis: La moda representaciones e identidad. P.19- 27. Barcelona: Gedisa. Nº 1, septiembre de 2001.

Gonzalez, Julián. El cuerpo joven no flota: hace surfing. EN revista Viceversa, Nº 35.

Lipovestky, Gilles (1990). El imperio de lo efímero. Barcelona: Anagrama.

Melo, Orlando (2006). Contra la identidad. EN: Revista el malpensante, Nº 74, noviembre-diciembre.

Volli, Ugo. ¿Semiótica de la moda, semiótica de vestuario?.  EN: deSignis: La moda representaciones e identidad. P.253 – 263. Barcelona: Gedisa. Nº 1, septiembre de 2001

Turkle, Sherry (1997). La vida en la pantalla: la construcción de la identidad en la era del Internet. Barcelona: Paidos.

manizales 2009

manizales 2009

medellín 2010

medellín 2010

medellín 2009

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6 pensamientos en “EL VESTUARIO COMO IDENTIDAD, DEL GESTO PERSONAL AL COLECTIVO

  1. me encanta leer esta entrada… estoy haciendo un trabajo de investigacion justamente de algo parecido… ojala me pudieran ayudar con alguna bibliografia!! felicidades!!

  2. En mi opinión una de las principales razones para escoger nuestra vestimenta es la identidad de imagen, si nos identificamos en el momento que nos la venden seguramente la compraremos. La moda siempre estartá seguida de perjuicios y siempre sorprende a la sociedad, me parece que nunca será diferente .

  3. Me parece interesante haberle metido el diente a la moda desde lo interdisciplinario: la historia, la geografía, la antropología, la lingúistica, la semiótica del lenguaje y de la imagen. Felicitaciones. Eduardo Rosero Pantoja, filólogo y compositor colombiano.

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